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YO, CON IA (II)

Introducción

Decálogo simpático del barrendero municipal.

Reflexión sobre el valor de las acciones pasadas.

Discapacitados sociales.

La dictatocracia. Entre la legitimidad democrática y la concentración autoritaria del poder.

Derechos caninos en el siglo XXI.

Un alto el fuego lingüístico.

El que calla, ¿otorga?

El maestro colega 1

El maestro colega 2

1ª Ponencia. En defensa de la vieja escuela.

2ª Ponencia alternativa: “La nueva escuela es un parque de atracciones”.

Quiosquero de mi corazón 1.

Quiosquero de mi corazón 2.

Acoger y conservar.

Cuando fumar era un acto de libertad.

El español y la democracia: una relación complicada.
Pobres delincuentes.
 18 años...¡ aire !
Perdona, ¿ buenos días ?
¡Que trabaje, Rita !
¿ Para cuándo el término “humano” bastará ?


INTRODUCCIÓN



Esta idea no nació de una revelación divina ni de una inspiración arrebatadora en medio

de la noche. Nada de eso. Nació, sencillamente, de la necesidad de matar el tiempo sin

matar la ilusión. Yo, jubilado con más horas libres que paciencia, decidí aliarme con una

inteligencia artificial, esa criatura incansable que responde a cualquier cosa sin

bostezar para poner en marcha esta aventura.

La ecuación es sencilla: el 70% del trabajo lo ha hecho ChatGPT (tan aplicado como un

estudiante en época de exámenes), y el 30% lo he puesto yo, con mi torpeza entrañable,

mis despistes y mis ganas de reírme un poco de casi todo, empezando por mí mismo. El

resultado: un conjunto de textos sobre la vida cotidiana, lo inesperado, lo absurdo y lo

aparentemente inverosímil… tratados con una pizca de sarcasmo, una gota de ironía, un

toque de humor y, de vez en cuando, una seriedad que se cuela sin pedir permiso.

No espere usted aquí grandes verdades reveladas ni recetas para la felicidad eterna.

Espere, más bien, encontrarse con un compañero de viaje que escribe para mantenerse

despierto, creativo, útil… y de paso, para ejercitar la memoria y reírse un rato. Porque

si algo tengo claro es que reírse, aunque sea de lo más absurdo, siempre vale la pena.

Así que, querido lector, acomódese. Lea sin expectativas grandilocuentes y

déjese llevar. Si al final de la lectura ha sonreído, se ha sorprendido o simplemente ha

matado un rato agradable, la misión estará cumplida.


Decálogo simpático del barrendero municipal.

Dedicado a la calle Alameda de Antequera (Málaga). A sus dos aceras sucias, manchadas y puercas. Pronto serán declaradas PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD.

1. La acera es como la suegra: mejor mantenerla siempre limpia, porque nunca sabes cuándo va a venir alguien de visita.

2. El chicle pegado al suelo es el “Pokémon legendario” del barrendero: difícil de atrapar, pero da gloria cuando desaparece.

3. La colilla huérfana en la acera no es decoración: es la prueba de que alguien no aprobó educación cívica.

4. Si la acera está limpia, el turista dice “qué bonito pueblo”; si está sucia, dice “qué hambre, vamos a comer dentro y rápido”.

5. Un suelo brillante es el mejor selfie spot: porque un visitante feliz hace más por la economía local que diez carteles de “Bienvenidos”.

6. El café se derrama, el helado se cae… pero el barrendero no juzga: recoge, limpia y sonríe (aunque por dentro piense ‘¿otra vez?’).

7. Papel al suelo: un segundo en caer, veinte segundos en barrer, y cien años en criticar al incívico que lo tiró.

8. Las manchas de grasa en la acera son como tatuajes: difíciles de quitar, pero con paciencia y jabón hasta los tatuajes se borran.

9.Una escoba en la mano da más poder que una espada: porque donde hay limpieza, hay respeto.

10. Regla de oro: si no quieres pisarlo, no lo tires. Y si lo tiras… ahí estaré yo, con la escoba, el recogedor y cara de “gracias por darme trabajo”.


Reflexión sobre el valor de las acciones pasadas


Con el paso de los años, es natural que surjan cuestionamientos respecto a las decisiones y
acciones que en su momento se tomaron hacia familiares, en especial cuando estas implicaron entrega, sacrificio o apoyo desinteresado. Surge entonces la duda de si lo realizado en favor de otros en este caso, de unos sobrinos cuando eran pequeños conserva aún sentido, sobre todo cuando con el tiempo parece que la memoria de tales gestos se desvanece y los beneficiarios ya no mantienen un vínculo de gratitud o cercanía.

Es importante considerar que los actos de bondad, ayuda y cuidado que se realizaron en la juventud no pierden su valor por la falta de reconocimiento posterior. El mérito de dichas acciones reside en la intención con la que fueron realizadas: brindar apoyo en un momento en que era necesario. En consecuencia, no corresponde arrepentirse, pues el gesto cumplió su propósito en el instante en que se ofreció.

El olvido o la indiferencia de los demás no debe ser interpretado como una invalidación del
esfuerzo pasado, sino como una manifestación de la vida misma, en la que los lazos familiares pueden transformarse o debilitarse con el tiempo. Lo esencial es reconocer que aquellas acciones nacieron de un acto de voluntad noble y que, en su momento, hicieron una diferencia.

Por tanto, más que motivo de arrepentimiento, lo realizado debe asumirse como un capítulo de generosidad y responsabilidad cumplida. La gratitud ajena no siempre se materializa de
manera visible, pero la conciencia tranquila de haber obrado correctamente es el mayor
testimonio del valor de lo hecho.

Discapacitados sociales.

Decía Pablo Freire que 'la educación no cambia el mundo, sino que cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.


En la actualidad, se observa una preocupante pérdida de habilidades sociales y una notoria carencia de educación en normas básicas de convivencia. Este fenómeno, lejos de ser trivial, repercute en la calidad de las interacciones humanas y en la cohesión social.
Resulta pertinente, por tanto, considerar a estas personas no simplemente como individuos maleducados, sino como sujetos con necesidades educativas especiales en el ámbito social . Así como en el ámbito pedagógico se atienden las dificultades de aprendizaje en matemáticas o en lectoescritura, debería contemplarse la posibilidad de diseñar estrategias de intervención para quienes muestran un déficit en la comunicación interpersonal, la empatía o la cortesía.
El déficit social no puede reducirse a una mera falta de voluntad; en muchos casos es el resultado de un entorno formativo deficiente, de una cultura de inmediatez que desplaza el diálogo y del abuso de tecnologías que sustituyen la interacción cara a cara.
La sociedad, por tanto, no debería limitarse a sancionar estas conductas, sino que convendría plantear programas de reeducación que fortalezcan las habilidades blandas, la comunicación asertiva y el respeto por el otro.

En definitiva, el reto contemporáneo consiste en reconocer que la educación social es tan importante como la académica, y que aquellos individuos que carecen de ella deben ser atendidos con la misma seriedad que cualquier otra forma de déficit educativo.
Yo creo que deberíamos dejar de llamar “maleducados” a ciertas personas. No, no: es demasiado suave. Mejor digámoslo claro: deficientes sociales. Porque, vamos a ver, ¿cómo llamas al sujeto que no sabe decir “gracias”, que interrumpe cada dos segundos o que confunde el WhatsApp con un doctorado en comunicación? Eso no es ser maleducado, eso es ser incapaz de pasar la primaria del trato humano.

Es que deberían existir programas
oficiales: “Taller de Cómo Saludar sin
Gruñir”, “Curso Intensivo de Escucha
Activa nivel: no te quedes mirando tu celular mientras te hablo” y, para los casos graves, “Diplomado en Humanidad Básica”.
Yo me imagino hasta el diagnóstico médico:
Doctor, me siento raro, la gente me evita… Claro, lo suyo es un déficit grave: usted padece empatía cero crónica . Le receto tres “perdón” al día, un “gracias” después de cada comida y mucha exposición gradual a conversaciones reales con seres humanos.
Porque sí, señores: así como existen gafas para los miopes, necesitamos entrenadores sociales para los que creen que la educación es opcional. No es maldad… es que son discapacitados de la convivencia.


La dictatocracia. Entre la legitimidad democrática y la concentración autoritaria del poder.

A lo largo de la historia política, los sistemas de gobierno han oscilado entre dos polos: la concentración absoluta del poder en manos de un individuo o grupo reducido (dictadura, autocracia, monarquía absoluta) y la distribución del poder mediante mecanismos de representación y participación ciudadana (democracia, república). Sin embargo, la experiencia contemporánea sugiere la emergencia de formas híbridas que no encajan del todo en las categorías clásicas. Una de ellas podría denominarse dictatocracia , concepto que sintetiza las características de la dictadura y la democracia.

1. Fundamentos teóricos.

La noción de dictatocracia se apoya en teorías políticas que han señalado la tensión entre legalidad y legitimidad. Carl Schmitt, en su reflexión sobre el estado de excepción, sostenía que todo orden democrático puede suspender sus propias normas en momentos de crisis, lo que abre la puerta a un ejercicio autoritario del poder dentro de un marco legalmente democrático. Asimismo, autores como Giovanni Sartori han advertido sobre las “democracias iliberales”, donde las instituciones existen formalmente, pero se vacían de contenido.

2. Rasgos distintivos de la dictatocracia. 

Un régimen dictatocrático se
caracterizaría por:
●Mantenimiento de las formas
democráticas : elecciones
periódicas, constitución,
parlamento y partidos políticos.
●Concentración del poder real en
un líder o una élite reducida, con
capacidad de influir o controlar
medios de comunicación, justicia y
órganos de control.
●Legitimidad de origen pero no de ejercicio : el poder se obtiene mediante
mecanismos electorales, pero se ejerce de manera autoritaria.
Narrativa de estabilidad y eficacia : la concentración de poder se justifica como una forma de superar la ineficiencia o el caos de las democracias pluralistas.

3. Antecedentes históricos y contemporáneos.

Aunque el término dictatocracia es reciente, la práctica no lo es. Ya en el siglo XX, regímenes
como los de Benito Mussolini o Francisco Franco intentaron legitimar su autoridad apelando a
una cierta “voluntad popular”, aunque sin elecciones competitivas reales. Más cerca de nuestro tiempo, politólogos como Fareed Zakaria han señalado la proliferación de “democracias iliberales” (Hungría, Turquía, Rusia), donde se celebran elecciones pero los contrapesos están  debilitados.

4. Viabilidad y riesgos.

La dictatocracia podría presentarse como un modelo viable en sociedades donde la ciudadanía demanda simultáneamente participación política y estabilidad gubernamental . Sin embargo, su principal riesgo es la erosión paulatina de las libertades civiles, dado que la fachada democrática puede servir para legitimar abusos autoritarios. La paradoja es clara: cuanto más se prolonga este equilibrio, más se normaliza la confusión entre democracia formal y democracia real.

Conclusión.

La dictatocracia no debe entenderse únicamente como una utopía conceptual, sino como una
categoría útil para describir ciertos regímenes contemporáneos. No constituye una forma
política enteramente nueva, sino un híbrido que revela cómo los gobiernos intentan reconciliar
la necesidad de legitimidad democrática con el ejercicio concentrado del poder. En última
instancia, la dictatocracia es un espejo de las contradicciones de nuestro tiempo: sociedades
que valoran la democracia, pero que aceptan limitaciones autoritarias en nombre de la eficacia, la seguridad o la unidad nacional.




DERECHOS CANINOS EN EL SIGLO XXI

MINI OBRA TEATRAL.

Personajes:
●Hombre: humano moderno, cansado pero resignado.
●Perro: cínico, sarcástico y con un aire de sindicalista canino.

Escena única.
Un bar. El hombre está sentado con un café en la mano. El Perro frente a él. Se respira tensión democrática.




Hombre (serio): Creo que ha llegado la hora de hablar de tus derechos y deberes como perro
del siglo XXI. Ya no basta con que muevas la cola. Hoy en día se habla de bienestar animal, de derechos… hasta de tu libertad de expresión.
Perro (arqueando una ceja inexistente): ¿Deberes? ¿Has dicho deberes ? Yo soy perro, no
contribuyente.¡Déjame ladrar a las tres de la mañana sin que me mandes callar! Eso sería un
gran avance democrático.
Hombre: ¿Sabes? Tienes más derechos sociales que yo: seguro veterinario, chuches gourmet y cama ortopédica.
Perro (con ironía): ¡Exacto! Soy prácticamente un ciudadano modelo, pero sin tener que pagar impuestos.
Hombre: Pues si hablamos de ciudadanía, toca hablar de obligaciones: no destrozar cojines, no robar calcetines, no cavar la tumba del jardín.
Perro (escandalizado): ¡Pero si acabas de enumerar mis hobbies favoritos! ¿Qué pretendes?
¿Quitarme la libertad artística?
Hombre (resignado): No es arte. Es vandalismo
Perro: Genial. ¿Y qué gano a cambio?
Hombre: Pues paseos diarios, comida gourmet para mascotas, revisiones en el veterinario, y
hasta cuentas de Instagram con más seguidores que yo.
Perro (se incorpora, solemne): ¡ Y un sindicato canino, sofá propio, mando a distancia y la
mitad de la pizza los viernes !
Hombre (ríe): Eres un perro, no un diputado.
Perro (con sonrisa perruna): ¿Y cuál es la diferencia? Ambos ladramos mucho, queremos
derechos, y los deberes… que los cumpla otro.
El perro se sienta triunfante mirando al hombre, que suspira resignado mientras le pasa la taza de café.

TELÓN




Discurso del español agradecido.(Imagina)

“Queridos compatriotas, hoy, en esta humilde cafetería de Barcelona, he sido testigo de un milagro. He pedido un café… ¡y se me ha respondido en castellano! No hablamos de un simple intercambio hostelero, no. ¡Hablamos de un gesto histórico!
Porque este camarero, con nobleza y valentía, ha decidido tender puentes, derribar muros y, sobre todo, traerme el café caliente y no recalentado. Desde aquí proclamo mi eterna gratitud:
gracias, héroe anónimo, por mantener viva la llama de la fraternidad hispánica en la barra de un bar con olor a croissant rancio.
Gracias por no contestarme en arameo, latín clásico o con un ‘búscalo en la app de traducción. Gracias por recordarme que, en esta España nuestra, todavía es posible soñar… y desayunar.
¡Viva el café con leche en paz! ¡Viva la coexistencia bilingüe en la tostada con tomate!
Y sobre todo, ¡viva usted, camarero, paladín de la lengua compartida y guardián del cambio exacto!”






Discurso del camarero catalán.(Imagina)

“Querido cliente, recibo con humildad tu agradecimiento desbordado. Pero déjame decirte algo: responderte en castellano no ha sido un sacrificio heroico, ni una gesta épica. Ha sido…
cómo te lo explico… mi trabajo.
¿Sabes? Yo aquí sirvo cafés, cortados y carajillos. No firmo tratados internacionales cada vez que digo ‘¿con azúcar o sin?’. Que tú me des las gracias como si hubiera evitado la Tercera Guerra Mundial, me hace sentir halagado… y al mismo tiempo preocupado por tu concepto de lo normal. Porque si hablarte en castellano es un milagro, ¿qué será cuando te dé las
vueltas bien contadas? ¿Una canonización? Y si encima sonrío, ¿ya organizamos desfile con carrozas?
Querido amigo, relájate: aquí hablamos catalán, castellano, inglés chapurreado y, si hace falta, lenguaje de signos para pedir un bocadillo de fuet. No soy un héroe. Soy camarero. Y mi
lucha diaria no es lingüística: es sobrevivir a las ocho horas de café con leche y a los turistas  que piden ‘paella a las nueve de la mañana’ Gracias pues por tu discurso de investidura.”



EL QUE CALLA, ¿OTORGA?

El dicho “el que calla, otorga” ha circulado
durante siglos como una advertencia sobre la supuesta complicidad del silencio. Sin embargo, conviene cuestionar su veracidad absoluta. El silencio no siempre implica consentimiento; puede ser también un gesto de prudencia, de respeto, de miedo o simplemente de cansancio.
Una persona puede callar porque sabe que discutir sería inútil, porque no desea entrar en conflicto, o porque no tiene la energía para explicar lo evidente. En contextos de poder, el silencio incluso puede ser una forma de resistencia: no todo aquel que no responde está de acuerdo; a veces, callar es negar el privilegio de una reacción.
Así, reducir el silencio a un “otorgamiento” es simplificar demasiado una realidad compleja. El silencio puede significar muchas cosas, y leerlo siempre como aprobación es tan arriesgado como juzgar un libro por la portada. A veces, el que calla no otorga: simplemente se reserva, observa, mide, o incluso rechaza en silencio.

“El silencio no siempre es un sí; a veces es simplemente el
derecho a no responder.”
“El que calla no siempre otorga… a veces solo está evitando
un conflicto innecesario.”


Soneto

No siempre el silencio es consentimiento,
a veces es prudencia o resistencia,
un muro que protege la conciencia,
un gesto de reposo y desaliento.
Callar no otorga; otorga el pensamiento,
la voz que con razón cobra presencia,
y nunca la palabra en su ausencia
define lo que habita el sentimiento.
Hay veces que callar es pura espada,
negativa sutil, firme respuesta,
rechazo sin gritar ni dar batalla.
Que no se confunda el alma callada:
no siempre otorga el que la voz nos resta;
a veces calla el que mejor se ensaya.


Soneto parodia

Dicen que “el que calla” siempre otorga,
pero yo me pregunto, ¿quién lo dijo?
quizá fue alguien cansado del litigio,
que inventó un refrán pa’ ver si encaja en la orga.
Si callo en la cena, ¿ya me abrogan
que acepté lavar platos sin resquicio?
¡Perdón! Mi silencio no fue
solo estaba pensando en pizza gorda.
El que calla tal vez anda en la luna,
o teme que la lengua lo traicione,
o espera que la charla se deshaga.
Así que no me vengan con fortuna:
si callo no es que diga “sí”, campeones,
¡es que me estoy guardando la carcajada!


EL MAESTRO COLEGA 1


El maestro colega es ese docente que llega al aula diciendo:
——“¡Ey, chavales, yo no soy vuestro profe, soy vuestro pana, vuestro bro, vuestro sensei de confianza!”

Lo reconoces porque:
● Se pone sudaderas con capucha para “estar en la onda” y acaba pareciendo el primo mayor que todavía vive con los padres.
●Usa expresiones juveniles… pero con retraso de cinco años: “¿Qué pasa, mis cracks? ¿Todo chill? ¿Ya se hicieron un TikTok?”
● Da clase con memes en el PowerPoint.
●Tú quieres aprender matemáticas, y él te explica el teorema de Pitágoras con Bob Esponja.

Lo bueno del maestro colega:
● Es cercano, te escucha, te entiende. Hasta te deja hablar de tus problemas sentimentales en plena clase de historia.
●Motiva: “¡Vamos equipo, que un examen es solo un boss final, y ustedes son los protagonistas del videojuego!”

Lo malo:
● Cuando hay que poner un suspenso, no puede. ¿Cómo le vas a decir a tu “bro” que no pasa de curso? Es como invitarlo a una fiesta y luego cobrarle la entrada.
● La disciplina desaparece: “Profe, ¿puedo comer pizza en clase?” ——“Claro, pero comparte,crack.”

Y lo peor: un día te confías tanto que le hablas como a tu colega de verdad, y de repente recuerda que sí tiene autoridad… y el castigo te cae con intereses.

En resumen: el maestro colega mola… hasta que toca entregar las notas. Ahí deja de ser tu pana y se convierte en Hacienda.


EL MAESTRO COLEGA 2
El maestro colega, o la amistad pedagógica.

En el teatro perpetuo de la educación, aparece una figura que se pavonea como novedad, aunque sospecho que no es más que el viejo profesor disfrazado con zapatillas deportivas: el maestro colega.
Su máxima aspiración es borrar la frontera que separa al que enseña del que aprende. ¿Qué digo frontera? ¡Muros de Berlín pretende derribar! Para ello, se viste de joven, o de lo que él cree que es joven, y se dirige a sus alumnos con expresiones que ya nadie usa, pero que él pronuncia con la fe del converso. Así, convierte la clase en tertulia de café, con la diferencia de que en vez de humo de cigarro hay olor a patatas fritas que el alumnado come con desparpajo, amparado en la indulgencia del nuevo régimen pedagógico.

No se halla en este maestro el gesto grave, ni la mirada severa, ni el respeto casi monacal que antaño imponía silencio. No: aquí se habla todos a la vez, como en una fonda popular; aquí el profesor sonríe, el alumno responde con un “todo chill, profe”, y la lección se convierte en improvisada comedia de enredos.
¡Y qué alegría, señores! Los jóvenes ríen, participan, confiesan al profesor sus cuitas amorosas y hasta consultan con él qué tatuaje hacerse en verano. Es, sin duda, la humanización de la enseñanza: la escuela como café de amigos, el aula como taberna de confidencias.
Mas todo tiene su reverso: cuando llega el momento de juzgar ——¡ay, terrible momento!——, el maestro colega se descubre juez, y los mismos labios que dijeron “bro” escriben en el acta: “Suspenso”. Entonces el alumno, traicionado, siente que su colega ha mutado en verdugo, y lo que antes era confianza se transforma en reproche.
Así es este personaje moderno: quiere ser padre, amigo y hermano; acaba siendo tutor,
psicólogo y payaso de función escolar. Y en medio de todo, la enseñanza, que, como siempre, se defiende sola, a pesar de las modas.


1ª Ponencia. En defensa de la vieja escuela.

Queridos colegas, compañeros de tiza y borrador, artesanos de la paciencia y de la pizarra
verde:
Hoy, reunidos en esta convención de veteranos de la educación, vengo a defender
sin rubor y con mucha honra la praxis de la vieja escuela , aquella que ejercimos en las décadas de los setenta y ochenta, cuando la palabra “inclusión” aún no había sido domesticada por los ministerios y cuando la “gamificación” consistía en hacer carreras para ver quién limpiaba más rápido el borrador.

Nos acusan, a nosotros, de rígidos. De autoritarios. De formar en la obediencia antes que en la creatividad. Pero, ¿qué tenemos hoy? Una escuela donde los alumnos se saben todos los
emoticonos, pero confunden a Lope con Shakira y a Cervantes con un reggaetonero. ¡Eso,
señores, es el fracaso cultural!
En nuestra época, el respeto era una asignatura transversal, aunque nadie usara ese término
pedante. Se aprendía de pie, cuando entraba el maestro; se pedía la palabra levantando la
mano, no gritando como en un mercado. Hoy, en cambio, la disciplina se negocia como un tratado de paz, y la figura del profesor ha sido degradada al rango de “animador sociocultural de aula”.

Nosotros enseñábamos habilidades sociales : el saludo, la cortesía, la puntualidad, la capacidad de escuchar. Hoy se predica la empatía en powerpoints llenos de dibujitos, pero en los pasillos reina el “me da igual, profe”.
Y qué decir de los valores : sabíamos transmitir que el esfuerzo tenía recompensa, que la
autoridad no era un capricho sino un principio rector, y que la letra, aunque no entrara con
sangre, sí entraba con constancia. Nuestros alumnos aprendían que no todo es fácil, que la vida exige tesón, que no hay “derecho” a todo sin deberes de por medio.
La nueva escuela presume de modernidad: tablets, pizarras digitales, programas piloto. Pero loque falta es lo esencial: cultura sólida, respeto por la palabra, rigor en el estudio. Lo que sobra son excusas pedagógicas para justificar lo que no funciona.

Nosotros, con menos recursos y más vocación, formamos generaciones que sabían escribir sin corrector automático, sumar sin calculadora, y mantener una conversación sin mirar una pantalla.
Concluyo, colegas, diciendo lo que todos pensamos: la “nueva escuela” podrá tener más
gadgets, pero nosotros teníamos más escuela . Y mientras la educación siga olvidando que enseñar es también exigir, los alumnos seguirán acumulando títulos como estampitas… pero con menos cultura, menos valores y menos humanidad que los que nosotros formamos con una simple tiza.


2ª Ponencia alternativa: “La nueva escuela es un parque de atracciones”

Queridos compañeros de tiza y recreo vigilado, hoy me dirijo a ustedes no como un viejo, sino como un superviviente : sobreviví a treinta años de aula sin wifi, sin tablets, sin “coach educativo”… y lo que es peor, ¡sin aire acondicionado!


En mis tiempos, un aula tenía tres cosas:
1. Una pizarra que se limpiaba con un trapo mugriento.
2. Una tiza que chirriaba peor que uñas en cristal.
3.Y un maestro que mandaba más que el alcalde.
¿Y saben qué? Funcionaba.

Ahora llaman a eso “métodos arcaicos”. ¡Arcaicos! Pues mire usted, con nuestros métodos los alumnos sabían multiplicar de memoria, escribir sin faltas y hasta respetar a sus padres. Hoy, en cambio, los chicos saben desbloquear un iPhone con la huella del perro, pero no saben colocar un acento.
La “nueva escuela” es puro espectáculo. Que si “aprendizaje cooperativo”, que si “flipped
classroom”. ¡Flipped, sí: flipped se me queda la cabeza de escuchar tanto anglicismo! Antes lo llamábamos “hacer los deberes en casa”, y santo remedio.
¿Y la disciplina? Ay, la disciplina… Nosotros entrábamos al aula y con una sola mirada el silencio caía como decreto. Hoy el maestro pide silencio y lo que recibe es:
——“Profe, ¿podemos negociar? Es que me siento limitado en mi expresión.
¿Expresión? ¿Saben cómo se expresaban en los 80 los que interrumpían la clase? Con un parte para la dirección, y luego ya verían cómo se expresaban en casa.
Y no me hablen de valores: ahora los niños aprenden que tienen “derecho a opinar de todo”. ¡Claro! Pero pregúntales quién fue Góngora y creen que es un streamer.

En resumen, colegas, la nueva escuela ha fracasado. Mucha tableta, mucho “powerpoint
motivacional”, pero la cultura se cae a pedazos. ¿Dónde quedó la memoria, el respeto, la seriedad?
Nosotros dábamos menos espectáculo, sí… pero más escuela.
Y ya para terminar les digo algo: si la educación sigue así, pronto tendremos alumnos que saben programar un dron… pero no saben escribir “dron” sin ponerle tilde.
Gracias, y que viva la tiza.

( PD. Y no digo nada de la IA )


QUIOSQUERO DE MI CORAZÓN 1.

Hubo un tiempo en que el quiosco era mucho más que un punto de venta: era una pequeña ágora de barrio, una esquina donde las conversaciones se
daban tan naturalmente como la entrega de un paquete de caramelos. Uno llegaba por un diario o una golosina, y salía con un comentario sobre el clima, un análisis de fútbol, o incluso un consejo inesperado sobre la vida. 
El quiosquero conocía a cada cliente por nombre, por sus manías, por el
chocolate favorito de sus hijos.
Hoy, en cambio, el quiosco parece haberse transformado en una cápsula de supervivencia individual. El quiosquero ya no levanta la vista; está
absorto en la pantalla, luchando contra bloques que caen o construyendo mundos pixelados. El saludo es breve, el intercambio mínimo. Donde antes había un puente de palabras, ahora queda un silencio apenas interrumpido por el “¿algo más?” mecánico. Y uno se
va con la sensación de haber perdido una pequeña parte de la vida en común.






PARA QUE SONRÍAS. (A ese quiosquero que te atiende sin mirarte a la cara.)

Antes ibas al quiosco y era como entrar a un talk show de barrio. “¿Viste el partido?” “¿Cómo
viene el clima?” “Mirá qué inflación, chaval, ni las figuritas del álbum perdonan”. Te llevabas un pitagol y, de paso, la última encuesta política, un consejo de vida y dos chismes frescos.
Ahora te acercas al quiosco y el quiosquero está… en otra dimensión. Tú: “Buenas…” Él: “Shhh, para, que si pongo mal este bloque me muero en el Tetris”. El tipo ya no te conoce por tu nombre, te conoce por tu lag en la cola. Y si está en Minecraft… olvidate: te vende un Sugus y se cree que está comerciando esmeraldas.
Y cuando por fin te atiende, ni te mira a la cara. Tú querías una charla existencial y terminaste
rogando que al menos no te dé la vuelta en caramelos duros.
                                                  


QUIOSQUERO DE MI CORAZÓN 2

El quiosco de la esquina siempre olía a papel de diario y a caramelos recién abiertos. Solía ser un punto de encuentro.No era un simple mostrador con golosinas, sino un lugar donde la vida se estiraba en pequeñas conversaciones. Uno entraba por un paquete de gominolas y salías con la opinión del quiosquero sobre el último partido, un consejo sobre cómo encarar los exámenes, algún chisme fresco del barrio, quién se había peleado con quién en el barrio, o qué remedio casero servía para el catarro..
El quiosquero, con su bata gris y mirada atenta, era cronista y confesor: sabía de tus problemas escolares y de tus amores secretos.
“¿Viste la lluvia de anoche? Esto no es agua, es castigo divino”, decía Don Teodoro, mientras acomodaba diarios y sonreía a cada cliente como si fuera de la familia.
Había gente que iba sin comprar nada, sólo a saludar. Hoy, sin embargo, lo encuentro distinto. Ya no está D.Teodoro, está su sobrino Roberto. Este ya no levanta la vista. La pantalla del celular lo ilumina más que el sol de la mañana. Sus dedos vuelan, giran bloques, construyen castillos digitales.
“Buenas”, digo. Nada. “Buenas…”, insisto. Tarda en reaccionar, como si viniera de un
viaje lejano. Apenas murmura un “¿qué va a llevar?” y vuelve a hundirse en el mundo de píxeles.
Pago, agarro mi diario y me voy. Afuera el barrio sigue, pero siento que un pedacito de esa vida compartida quedó atrapado en el pasado, como un sobrecito de figuritas olvidado en el fondo de la caja. El aire es distinto: huele a silencio y a pantalla caliente. Y Robertito, no levanta la cabeza; está apilando bloques en Tetris con una concentración de neurocirujano. Cuando le pido una gaseosa, apenas mueve los dedos para alcanzarla, sin dejar de mirar la pantalla. Ni una palabra, ni un gesto.
Pago y me voy. Afuera, el barrio sigue igual… pero yo siento que me falta esa pequeña charla que, en su momento, valía más que cualquier golosina.
                                       (A Teodoro, quiosquero de mi infancia).

ACOGER Y CONSERVAR
( LA ARDUA BÚSQUEDA DE UN ESPAÑOL EN UNA LOCALIDAD ESPAÑOLA BUSCANDO POR SUS CALLES A UN ESPAÑOL O A UNA ESPAÑOLA. Un drama costumbrista con toques de absurdo nacional).

Podría sonar a título de novela existencialista o a guion descartado de Almodóvar, pero no. Esto es simplemente la crónica de un español con DNI , no uno disfrazado de flamenco para turistas, ni uno haciendo cola en Primark un sábado. Uno de los de verdad. De los que dicen “a mí me gusta el chorizo picante”, de los que saben distinguir entre “ajo” y “ajoarriero”, de los que celebran quejarse como un deporte nacional. Uno con acento reconocible y trauma de infancia con la EGB , de esos nacidos y criados entre torrijas, sobremesas eternas y discusiones sobre si la tortilla lleva cebolla o no. No sabía que estaba a punto de iniciar una aventura digna de documental: encontrar a un español en su propia localidad española
Spoiler: no fue tan fácil como uno podría pensar y no es que no haya. Es que ya no se ven tanto.


Paseó por la plaza del pueblo, donde antes los vecinos se saludaban con un "¡buenas!" aunque no supieran tu nombre (ni tu cara). Ahora, entre apartamentos turísticos, brunchs con tostadas de aguacate y carteles en inglés que prometen la "authentic spanish experience", se sintió como un turista en su propio barrio. Irónicamente, sin experiencia. Y el barrio ya no era lo que fue. Ni el panadero se llama Juan, ni el bar se llama “Bar de Paco”,donde te ponían una caña y te preguntaban por tu madre. Ahora es “Bar Latinos Unidos” o “Halal Street Food”. La oferta es diversa. La demanda, más aún. Pero el “buenos días” con acento castizo escasea y los camareros que no saben qué es un carajillo pero te ofrecen un matcha latte con leche de avena.

Caminas por la calle principal y ves más restaurantes peruanos que bares con menú del día. En el barrio de nuestro protagonista ya no hay mercado de abastos, pero sí tres locutorios, un
ultramarinos pakistaní, dos peluquerías dominicanas y un puesto de arepas que abre hasta en Navidad. Pasas por la plaza y ya no hay niños jugando al balón, sino repartidores en bicicleta esquivando turistas. El cartel del estanco ahora está en cuatro idiomas, y en la panadería venden arepas, samosas y pan de pita... pero el mollete ha desaparecido como si fuera una leyenda urbana.
Nuestro protagonista miraba a su alrededor. Escuchaba muchos idiomas y eso está muy bien,
por cierto, viva la mezcla pero él solo quería cruzarse con alguien que dijera “joé”, se quejara del gobierno y hablara con las manos. Algo sencillo. Algo suyo.
No lo logró ese día.

Y no, no es que uno tenga problemas con otras culturas. Todo lo contrario. Bienvenidos todos.
Faltaría más. Que si los kebabs a las 3 de la mañana, que si los supermercados chinos abiertos 25 horas, que si los sabores latinos alegrando los barrios. La multiculturalidad es un regalo. Pero y aquí viene el “pero” incómodo cuando el regalo ocupa todo el salón y no encuentras el mando de la tele, te preguntas si no te has mudado sin darte cuenta. Y ojo, que no es una queja xenófoba ni una oda al nacionalismo de baratillo. No. Esto va más de identidad, de arraigo, de saber quiénes somos cuando todo a nuestro alrededor cambia tan rápido. Va del equilibrio entre acoger y conservar. De no perderse en medio de la globalización, los Airbnb y los menús “typical spanish paella with chorizo”.



¿Dónde están los españoles?¿Se han ido? ¿Se han escondido? ¿Se han transformado en
“ciudadanos globales” que comen ramen, escuchan reguetón colombiano y reservan un Airbnb en su propia ciudad? ¿O es que simplemente han sido desplazados, poquito a poco, sin darse cuenta, por una nueva población que vino buscando oportunidades y terminó llenando el hueco que dejamos? 
Nuestro protagonista buscaba algo simple: una conversación con alguien que supiera quién fue Chiquito de la Calzada sin tener que googlearlo . Salió a buscar a un español. Y aunque no lo encontró, se llevó una buena dosis de realidad: el lugar puede seguir siendo España, pero lo español eso que no sale en las guías turísticas cada vez cuesta más encontrarlo
Pero la realidad es que España, como cualquier otro país en pleno siglo XXI, ha cambiado . Lo español ahora es un concepto líquido, moldeable. Ya no es solo flamenco, siesta y “olé”. Ahora también es bachata, cumbia, rap en árabe, y niños que celebran el Año Nuevo chino con más entusiasmo que el Día de Reyes.
Y eso tiene cosas maravillosas. Pero también
plantea preguntas incómodas:
¿Qué queda de lo nuestro cuando todo es de todos? ¿Quién cuida las costumbres si ya no son rentables?
¿Es progreso o es pérdida cultural con buena prensa?
Lo cierto es que la globalización ha hecho que lo local sea cada vez más internacional, pero lo nacional… un poco más invisible.
Lo español está ahí, sí, pero hace falta mapa, linterna y a veces hasta suerte para encontrarlo. Y eso, queridos amigos, ya no es sarcasmo.
Es preocupación con acento castizo.

La inmigración ha llegado, ha crecido, y en muchos sitios ha arraigado mejor que el propio español de cuna . El problema no es la in El problema es que los españoles de toda la vida desaparecen del mapa y nadie se lo pregunta demasiado.
¿Qué ocurre cuando barrios enteros cambian de idioma, de música, de olores y de referencias culturales en cuestión de una década? ¿Y si el problema no es que lleguen otros,
sino que los de aquí dejan de sentirse en casa?
La diversidad es buena. Siempre que no sustituya lo que ya había sin integrar, sin mezclar,
sin respeto mutuo.
Porque una cosa es sumar culturas, y otra muy distinta es reemplazarlas como si fueran
muebles viejos en una mudanza mal hecha.

Nuestro español, ese pobre iluso con alma de antropólogo urbano, al final del día no encontró a otro español. Pero sí encontró un barrio lleno de vida, de idiomas, de costumbres nuevas… y la sensación agridulce de estar en su país, pero no en su lugar. Pero sí encontró una reflexión: quizás el problema no es que haya demasiadas culturas en España, sino que a la española la estamos dejando sin sitio en su propia casa, calladamente, entre todos.
Y no, no se volvió racista .Solo se fue a casa pensando que igual estaría bien cuidar un
poco más lo nuestro, sin dejar de dar la bienvenida a los demás . Porque la identidad no
se defiende con odio, pero tampoco se preserva con indiferencia.
Eso es un chiste que empieza gracioso pero termina con un silencio incómodo.


 CUANDO FUMAR ERA UN ACTO DE LIBERTAD.


Ah, los buenos tiempos. Aquellos días dorados en los que uno podía encender un cigarrillo en
cualquier rincón del mundo civilizado sin temor a miradas de reproche, multas, ni carteles con
pulmones ennegrecidos decorando las paredes. Qué tiempos aquellos, cuando fumar no era un crimen, sino casi un gesto de sofisticación, de pertenencia, de humanidad.
Recuerdo, con una lágrima contenida, cuando se podía fumar en los aviones. Qué belleza,
estar a diez mil metros de altura, compartiendo el humo con desconocidos, mientras un bebé
lloraba al fondo y el detector de humo era apenas un adorno sin propósito. Era parte del viaje.
Parte del encanto. Como dar clases a treinta discentes con el cigarrillo entre los dedos y repartiendo el humo mientras hablabas... Y los hospitales... ah, los hospitales. Santuarios del humo. Médicos con bata blanca, estetoscopio colgando y un cigarro encendido entre los labios, diagnosticando bronquitis con
total credibilidad. Pacientes en las salas de espera, fumando para calmar la ansiedad... de la
espera, claro. ¿Qué mejor manera de combatir el estrés preoperatorio que con un Ducados?
¿Qué era un poco de alquitrán comparado con el calor humano que emanaba de un cenicero
compartido?

Pero no. Hoy vivimos en la era del puritanismo higiénico. Nos vigilan. Nos marginan. Han convertido al fumador en una figura clandestina, condenada a esquinas ventosas, patios solitarios o balcones tristes. Con esta nueva ley antitabaco más severa que una madre victoriana ya no se puede fumar ni en los espacios abiertos si hay niños a cien metros. Ni en terrazas. Ni en parques. Y pronto, quién sabe, quizá tampoco en nuestros propios recuerdos. Nos quieren sanos. Nos quieren limpios. Pero sobre todo, nos quieren obedientes. Nos arrebatan el humo y con él, un pedazo de historia, de cultura, de rebeldía. Porque fumar no era solo inhalar nicotina: era conversar, era esperar, era pensar. Era existir con estilo, aunque fuera con olor a tabaco. Así que sí, celebremos esta cruzada antitabaco. Celebremos los pulmones rosados, las calles sin colillas, los pulmones artificiales en los anuncios. Pero, por favor, no nos pidan que olvidemos. Porque hubo un tiempo en que encender un cigarro era casi un acto poético. Un tiempo en que hasta en los hospitales se entendía que el alma, a veces, necesitaba humo más que oxígeno.



EL ESPAÑOL Y LA DEMOCRACIA:UNA RELACIÓN COMPLICADA.

A ver, seamos honestos: la democracia en España es como ese mueble de IKEA que nunca termina de encajar del todo. Tenemos todas las piezas, las instrucciones están ahí , y aun así, siempre falta un tornillo o sobra un político. Porque el español, en el fondo, no está
diseñado para la democracia. No porque no la valore, sino porque le agota. ¡Tanto consenso, tanto diálogo, tanta “mesa de negociación”! Si por el español fuera, resolveríamos los grandes conflictos de Estado con una buena siesta, una caña y un “esto se arregla con dos tortas y ya está”.


Y es que la historia, esa vieja chismosa, no miente: cada vez que nos han dado libertad, hemos hecho lo posible por perderla. Nos encanta el caos disfrazado de pasión, el grito antes que el argumento, y el "¡viva!" antes que el "¿por qué?". Por eso, cuando aparece alguien con un poco (o mucho) de mano dura, con voz grave y mirada de "esto lo arreglo yo en dos tardes", más de uno se emociona como si estuviera viendo la final del Mundial.
No es que queramos una dictadura, ¡por Dios, qué va! Lo que queremos es orden . Pero claro, sin que nos manden demasiado. Queremos que alguien tome decisiones, pero que no nos afecten si no estamos de acuerdo. Queremos que nos gobiernen… pero que nos pregunten antes. Queremos que nos guíen, pero solo si no parece que nos están mandando. 

En resumen, queremos un caudillo democrático. Un oxímoron con banderita. Y así vamos: con la boina calada y el alma dividida entre el ¡no pasarán! y el ¡arriba España!, entre el grito de la plaza y el bostezo institucional.
Tal vez el problema no es la democracia. Tal vez es que, como buenos españoles, queremos
discutir hasta sobre cómo se pronuncia la palabra "democracia". Porque si algo nos une de verdad, no es una ideología, es el placer de llevar la contraria. A todos. Siempre.
Así que sí, necesitamos mano dura. Pero no para que nos manden, sino para que alguien tenga el coraje de decirnos: “Tú, españolito, deja de mirar al siglo pasado y empieza a construir uno nuevo, a ver si este sí te sale sin drama”.



POBRES DELINCUENTES

Vaya, qué alivio. Resulta que los delincuentes no son malos, solo son unas pobres víctimas de la sociedad. ¡Qué injusticia la nuestra al pensar que quizá el atracador que nos apunta con una navaja podría merecer un poquito de crítica!
Pero no, tranquilidad: mientras te quita la cartera, recuerda que él en realidad está cargando con sus traumas de infancia. ¿Y tú? Tú solo estás cargando con el susto, la pérdida económica y, si tienes mala suerte, alguna herida. Pero oye, lo importante es no odiarles, que tienen derechos.
De hecho, qué desconsiderados somos los demás mortales. ¿Cómo se nos ocurre sentir rabia cuando nos roban el coche, nos entran en casa o nos estafan los ahorros? Lo lógico sería invitarles a un café, preguntarles por su infancia y, ya de paso, disculparnos por haber dejado el coche tan tentadoramente aparcado en la calle o contar los billetes tras usar el cajero…¡Culpa nuestra por provocarles!
Eso sí, no confundamos: ellos tienen derechos, tú tienes la paciencia y los deberes. Porque si te indignas, resulta que eres un intolerante. Al final, lo más humano es sonreír al ladrón, darle un abrazo y decirle: yo al menos no tengo traumas…mala suerte la mía.





 18 AÑOS...¡ AIRE !

Mis padres ya sabían de mi vocación docente. Quería ser maestro de escuela. Pero ellos, desconfiando de mis capacidades y teniendo en cuenta los posibles problemas económicos, hipoteca pendiente, etc.etc., decidieron que no, que de magisterio nada. Ellos me dieron techo, ropa y comida hasta los 18 años. Ya cumplieron. No me quejo, fui feliz y me fui a Madrid…pero esto es otra historia.

Cuando cumplí 18 años existía , de manera extendida, la creencia de que la labor de los padres finalizaba cuando el hijo alcanzaba la mayoría de edad.
Había padres que creían que criar a un hijo era como sacar un crédito a 18 años fijo. Como si los 18 fueran un botón mágico que convierte a cualquier adolescente en adulto funcional. Bajo esta lógica, cumplir 18 años era como cortar el listón de llegada en una carrera de resistencia: el hijo ya puede firmar contratos, votar, casarse o endeudarse, y los padres quedarían oficialmente “liberados”.

La crianza no es un trámite burocrático que termina con la expedición del DNI adulto, sino un proceso continuo de acompañamiento, consejo y presencia afectiva ( al menos hoy por hoy parece ser así, pero hace años, muchos años…no).
La vida adulta no se estrena con un manual de instrucciones, y el papel de los padres no se extingue de repente, sino que se transforma. Pasan de ser tutores legales a ser referentes vitales. Creer que la responsabilidad paterna culmina estrictamente a los 18 es como pensar que un arquitecto termina su trabajo en cuanto coloca el último ladrillo, sin revisar si la casa se mantiene en pie.
Pero claro, en aquellos años algunos creían que ya cumplieron su “plan de pensiones paternales” y que podían jubilarse de la crianza, como si ser padre fuera un contrato laboral con fecha de vencimiento.
Algunos estaban convencidos de que los 18 años era una edad en la que la puerta de la casa,  la de tu hogar , se abría de manera especial para ti para cerrarla de manera especial y cuanto antes mejor.
Los padres de hoy no dejan que te vayas, no te da una carrera para que no te vayas lejos, te reciben a la edad que sea si fracasa tu matrimonio, pierdes el empleo, o te echan por impagos u okupas… o simplemente no te echan de casa porque no pueden aunque lo
deseen.
La Edad Contemporánea murió hace años. Estamos en otra. Busquemos su nombre.


PERDONE, ¿ BUENOS DÍAS ?



Existe un tipo de persona ,un héroe anónimo de la cortesía. un mártir del “buenos días”. O sea, si por cada saludo ignorado dieran puntos para viajar, esa persona ya tendría puntos suficientes para viajar gratis a la luna. Un tipo de persona que con disciplina casi heroica, saluda siempre: al panadero, al de la moto que casi lo atropella, al vecino que nunca contesta, al compañero de trabajo que parece sordo selectivo, a la gente que pasa por la calle como si fueran hologramas con auriculares… ¡y nadie contesta! Esa persona es como el WiFi abierto, siempre disponible, pero nadie lo respeta. Ese saludo, cargado de humanidad, se estrella contra muros de indiferencia. Y uno se pregunta: ¿para qué gastar esa energía?

Mejor saludo a una farola que, aunque no hable, por lo menos me ilumina sin juzgar; o a las flores, que nunca se ponen auriculares y me sonríen con pétalos; o a las nubes que
aunque cambien de forma, no te dejan en visto y que aunque se vayan, vuelven en
forma de lluvia.
Mejor no saludar al humano, aunque a veces quedes mal, pero tal como están las
cosas, un saludo puede ofender al ajeno y acabar en violencia, denuncia…en fin.


¡ QUE TRABAJE, RITA !

Defender la obligación del Estado de sostener económicamente a quienes no desean trabajar
implica partir de un principio fundamental: la dignidad humana no puede estar condicionada a
la productividad. En una sociedad donde el progreso tecnológico y la automatización han
reducido drásticamente la necesidad de mano de obra humana, resulta anacrónico seguir
basando la subsistencia en la obligación de trabajar.
El Estado existe, entre otras cosas, para garantizar que todos los ciudadanos tengan acceso a lo básico: alimentación, vivienda, salud, educación… cinco euros en el bolsillo para la
cerveza… Este deber no desaparece cuando un individuo declara que no quiere ni desea
trabajar; por el contrario, reafirma la responsabilidad del Estado de proteger a quienes se
autoexcluyen del sistema laboral. No se trata de premiar la apatía, sino de reconocer que el
valor de una vida humana no puede medirse únicamente por la disposición a producir.
La libertad auténtica incluye el derecho a decir “no quiero trabajar” sin que ello condene a la
miseria. Mantener económicamente a estas personas no es un acto de indulgencia, sino una
extensión lógica de los principios de solidaridad social, justicia distributiva y derechos humanos.

Miren, yo estoy a favor de que el Estado
mantenga a los que no quieren trabajar. ¡Claro que sí! Porque si no, ¿para qué tenemos Estado? ¿Para que nos cobre impuestos y encima nos haga madrugar? No, señores, yo quiero un Estado paternalista, pero bien paternalista: que no me exija trabajar, que me mande la renta básica y además me escriba
por WhatsApp: “¿ya comiste".
Además, seamos sinceros: ¿de verdad
queremos que los que odian trabajar estén en la oficina? Esa gente es tóxica. El que no quiere trabajar debería estar en su casa…feliz, tranquilo, jugando al Minecraft, no sentado a tu lado diciendo: “yo hago lo mínimo y ya”. ¡Es mejor subsidiarlos que aguantarlos en recursos humanos!
Y ojo, que mantenerlos no es un gasto, es una inversión. Porque esa gente, con tiempo libre, se convierte en filósofos de TikTok, expertos en teorías conspirativas y generadores de memes. ¿Acaso no son los memes lo que de verdad mantiene unida a la sociedad?



¿Para cuándo el término humano bastará ?

La necesidad de adjetivos para definirse mujer, feminista, trans, catalana, española,
europea… refleja tanto la riqueza como la complejidad de nuestra identidad. Cada
etiqueta surge porque, en algún momento, ciertas realidades y experiencias no estaban
reconocidas o eran negadas. Nombrarlas ha sido un acto de resistencia, visibilidad y dignidad.

Decir simplemente “soy humano " podría parecer suficiente en un mundo donde todos los derechos y oportunidades estuviesen garantizados por igual, sin discriminaciones ni jerarquías. Sin embargo, la realidad nos recuerda que no todas las personas viven lo “humano” de la misma manera: ser mujer u hombre, gay o heterosexual, catalán o andaluz, marca todavía diferencias sociales, culturales y políticas. El anhelo de que un día baste con declararse "humano“ no es ingenuo, sino una aspiración a un horizonte más justo: un lugar en el que la diversidad no sea fuente de desigualdad, sino de riqueza compartida. Pero hasta llegar allí, las palabras que nos definen siguen siendo necesarias, porque nombran luchas, conquistas y memorias que no deben olvidarse.Quizá, el reto no sea eliminar las etiquetas, sino aprender a usarlas como recordatorios de nuestra pluralidad, sin olvidar que, por encima de todo, compartimos la condición común de ser humanos.

Soneto

Nombrarse humano acaso bastaría,
si el mundo fuese justo y sin heridas,
si no existiesen sombras escondidas
que niegan dignidad a quien confía.
Más cada nombre guarda todavía
la huella de mil luchas encendidas,
de voces que al alzarse fueron vidas
clamando por su ser y su alegría.
Quizá algún día baste con “humano”,
cuando igualdad no sea una utopía,
cuando el amor no encuentre un muro en vano.
Mas hoy nombrarse es faro y es porfía:
decir “soy” sigue siendo el gesto hermano
que abre camino y luz a la armonía.

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